Sin ti


Lo que inició en amor, acabó en suspiros.
Me miraste a los ojos y dijiste: “ya no más”,
y la música paró y ya no supe bailar.
¿Fui yo quien rompió nuestra luna de cristal?

Se estrelló la nave aún antes de despegar.
Que triste es encontrarme sin ti en mi camino
Y ahora ¿cuál es el rumbo?
Tú estabas en el plan.
No sé cuál es el destino,
ya no sé a dónde viajar,
aún hay tantos planetas que quiero conquistar.

No aprendí a cantar y sin ti no aprenderé jamás.  

Soy un gato de azotea ya sin luna que mirar.
Queda una herida en mi alma
y el dolor de haberte perdido una noche de calma,
de interna tempestad.

En silencio te pedí que te quedaras,
no sé si lo debí gritar,
ya sin luna en mi cielo no sé si me podrías amar.

¿Seguiremos tomados de la mano, tristes y enamorados?

Ya no puedo volver al lugar donde solíamos gritar.
Te fuiste envuelto en melancolía y yo perdí por siempre la paz.
¿Volveremos a romper ventanas
o esta será siempre la historia que no supe terminar?

brebrebrenFotografía: Rafael Molina

Tristes y enamorados

La infancia se mezcla con la lluvia,
sobre tu cara de adulto.
Es fácil olvidar cómo se sentía sonreír desde adentro.

¿Recuerdas?
Yo corría como si estuviera a punto de despegar el vuelo,
fuimos juntos al espacio más de una vez
y caminamos por venus tomados de la mano.

¿Es un juego todavía todo este dolor?
Las cosas que se toman en serio terminan partiendo la ilusión.
Somos un par solamente jugando al amor.
Nos hemos perdido ambos entre suspiros desdibujados.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Tú destruías planetas antes de que dieran las tres,
yo pintaba de estrellas las calles que no quería ver.
Él esperaba por ella, ella flotaba hacia él.
Dime que seguimos jugando, dime que aún no son las tres.

¿Es un juego todavía todo este dolor,
entre tempestades y planetas rotos,
entre lágrimas y sollozos?
Nos hemos encontrado ambos.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Con calles llenas de gente que queremos ignorar,
bajo el sol que queremos esquivar,
en una vida que no sabemos llevar,
que no podemos dominar,
que de las manos se nos va.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

En el cajón de abajo a la derecha

Una luz amarilla aluza tenuemente la mirada perdida de un hombre que pareciera estar sin vida, sino fuera, porque en su pecho aún corre la sangre que mantiene los latidos de su corazón.

En una pequeña habitación oscura, llena de silencio, asfixiante, como una vieja caja que ha estado guardada en algún closet de una casa durante años. Olvidada, tanto ella como el contenido inútil que guarda.

Las manos del hombre se mueven frente a una vieja máquina de escribir, el sonido de las teclas va perdiendo sentido al igual que lo que escribe, sus dedos parecen funcionar en automático, mientras su ojos se clavan más allá de la hoja en la que se están marcando los trazos, como en busca de lo que alguna vez tuvo.

Alguien abre la puerta y una luz más fuerte inunda esa pequeña caja, sólo se distingue una silueta y una voz que dice que ya es hora de cerrar. Se retira y la puerta queda apenas emparejada y casi en susurro se percibe una conversación.

– Pobre hombre siento que perdió su vida aquí, se ve tan triste siempre.

– Dicen que perdió lo que más amaba y termino aquí.

Las palabras llegaron al hombre como hirientes filos de navaja, clavó los ojos en la pared frente suyo, y lentamente abandonó las teclas, mientras sus manos temblaban. De una u otra forma alguien había abierto la caja y había dejado salir todo los recuerdos que en ella se encerraban, todo aquello que alguna vez fue útil y ahora no lo es más.

Caminó hacia la lámpara y se sentó junto a ella, suspiro por un segundo con la última hoja escrita entre sus manos, sólo números alejados de todo calor humano llenaban la página, la aprisionó fuerte entre sus puños cerrados, tratando de aplastar su presente como lo hacía con esa hoja.

Él, que antes había podido llenar libros enteros de pasiones y fantasías, ahora sólo cubría libros de contabilidad con cifras. ¿Qué pasó? ¿dónde perdió ese destello que hacía brillar a todas las estrellas del universo?, ¿dónde había quedado ese don de guardarlas dentro de las pastas de un libro, para recrear a cuantas personas quisieran mirar dentro de ese espacio lleno de vida?, ¿cuántas mentes no se habían saciado con sus historias?, ¿cuántos no habían dejado de lado sus dolores, la pesadez de la vida, caminando calles inventadas por las teclas de esa máquina que ahora solo reconocía números?.

No había necesidad de preguntarlo, él lo sabía bien dónde había acabado todo, más claro que donde había empezado.

Él no recordaba cuándo fue la primera vez que su mente había disparado hacia el cielo una bengala de luces, para pintar un nuevo horizonte de un color que sólo él conocía, pero sabía perfectamente cómo había descubierto la colina que lo llevó al abismo en el que vive ahora.

Fue en un frió invierno que andando por el centro se encontró con una librería que atrajo su atención, y su vicio por la lectura lo llamó como una taberna a un borracho. Entre títulos y autores ya leídos y algunos otros desconocidos, se topó con uno que le inspiró a leerlo, “Leyes estéticas y misterios estéticos”, recuerda ese instante como el inicio del fin.
Lo tomó entre sus manos y lo llevó a su hogar, como aquel amigo que lleva a casa a su propio asesino, sin sospecharlo siquiera. Apenas prendió la lámpara y se internó en la lectura, entre normas y frases que lo desconcertaba, su personalidad difería de todo lo requerido para poder escribir.

Es falso, se decía, no me guiaré por esto para hacer lo que más amo. Con ese pensamiento aferrándose a su ser, terminó el libro.

Mientras en su corazón todo estaba seguro, en su mente una duda lo atacaba incesante “¿Y qué si es verdad?, ¿qué sino tengo lo que se necesita?”.

Pasaron meses y ésa pregunta no lo abandonaba, se aferró a él como un niño asustado al regazo de su madre. No dormía, casi no comía, respiraba por inercia, leía cada vez menos y no escribía por miedo a no hacerlo bien.

Con el tiempo el miedo creció, al punto de que decidió guardar su felicidad en una caja, con el fin de buscarla cuando fuera capaz de usarla de la mejor manera, tomó a todos sus amigos autores, su libreta de notas, el lápiz que siempre lo acompañaba y se despidió de ellos, sin decir nada, pero con una promesa en mente.

Buscó un empleo y el tiempo transcurrió, él jamás olvidó su promesa de abrir después esa caj, donde su felicidad existía, mientras la amarga cotidianidad de su vida sin razón, felicidad o gozo lo consumía, pero el tiempo hace estragos en la memoria y él olvidó dónde había guardado esa caja.

De pronto, por un impulso incontrolable, como un torbellino que no puede ser contenido,  se arrojó a la máquina de escribir. Sus manos se deslizaban como los de un pianista interpretando una melodía apasionada, sus ojos se encendían con cada estrella que él lograba dibujar en su horizonte, el furor se apoderaba de su cuerpo y su mente viajaba más rápido que nunca por la galaxia entera, años de represión liberados sobre papel. Toda la noche escribió y para él, el tiempo transcurrió tan rápido que parecieron sólo segundos, después de la agonía de una eternidad sin letras. Sus últimos grabados sobre el papel fueron:

“Escribo no para contentar a las reglas y a las formas, escribo porque me da vida”.

Era el fin del caos y el inicio del nuevo día, la caja había sido abierta.