Cometas

Corro sobre el pasto verde, junto al canto del agua, con el aire en rostro, escapando… Intentando. Siento tu brisa que juega a ser calma, pero no sé si podré volar de nuevo.

Me muero de miedo, los duelos se aferran esparciendo las dudas. A pesar de todo, sigo buscando, intentando arreglar lo que se ha roto.

Descifrarme ha sido más complicado que expresarme; a mil pensamientos por segundo, mis fuerzas reclaman las horas robadas de sueño, exijo silencio a las voces escondidas en el alma, quiero olvidar las sonrisas fingidas y los abrazos forzados, y la sensación que me recorre cada que alguien dice conocerme, pero prefiero quedarme callada.

Soy un visitante de este mundo y, esta atmósfera, en unos momentos trae superpoderes y en otros cuesta respirar, como si jamás pudiera pertenecer.

Pero vamos, hemos creado la cometa. Salimos al campo esperando que llegue la corriente correcta que la haga volar y, aunque nos tiemblen las manos, cerramos los ojos y la imaginamos surcando los cielos, rompiendo los hilos, escapando de nuevo, al espacio, entre los planetas, entre las estrellas, libre. Completa.

Y si no es hoy, mantendremos la esperanza.

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Plegaria mal escrita

theheart

He pasado la noche viendo la llama encendida de la vela sin pensar en nada, apenas sintiendo…
Unas pocas chispas de vida se agolpan en mis venas, como un intento de avisarme que todavía sigue, pero sin darme la seguridad de que esto no es una fantasía, redundante y tormentosa, incluso mal escrita.

Se acabaron las preguntas, aún quedan rastros de la ira; el dolor y el vacío toman turnos para apoderarse de todo mi cuerpo, de todo mi ser.
Estoy cansada.

Pido dos segundos de paz y un botón de apagado. Un beso de la inspiración en los labios. Algunas risas que quebranten este silencio tan pasivo, tan frío, tan hiriente y tan sórdido. Suplico por un verso acompañado de música y esa mirada traída de Alaska que me consuela.
Pido por un suspiro más antes de caer rendida.
Una plegaria en mi nombre y un sueño tranquilo para los que luchan.
Regálame dos palabras, regrésame las alas aunque estén a medias, aunque estén quebradas; déjame ver si aun tengo fuerza y valor para seguir, o dime que se acaba y llévame por fin.
Suplico por un nuevo destello, que mi llama se acaba y la vela no se ha empezado a consumir.

Ilustración de Oddmaneuver

Hoy volvimos a morir

Hoy sus palabras y las mías se cruzaron entre ellas de nuevo.
Dos almas heridas hablando desde distintos lugares del dolor, ambos quebrados y moribundos, pero cada ser tiene distintas formas de morir.

Yo, yo sólo quería decirle que su dolor me hiere más que el propio, que daría las meditabundas noches de calma e inspiración que me quedan, a cambio de sanar las rasgaduras de su alma.

Él, él lanzó lágrimas disfrazadas de veneno a mi rostro, esperando no sé qué de mí. Asumió que yo estaba bien, mientras que él se sumergía en las aguas densas de la desesperación, sin saber cuál ha sido mi transitar en estos meses. Se dio el derecho de condenar los pecados que para él he cometido, de reclamar, de exigir dolor, de provocarlo, de disparar balas contra un pecho ya masacrado.

Yo, yo le reclamé todo el amor que sentí falto cuando estuvimos juntos, cada cambio que supliqué y él decidió hacer después de mi partida, reclamé incluso el tiempo que aún no llega y será de alguien más que aún no existe.
Quería decirle que odio la oscuridad que lo arrebató de mi vida, que le robó la luz, que me impidió limpiar sus lagrimas y abrazarlo cuando me necesitaba, pero no me quería.

Cada quién habló de sus huecos, cada quien sintiéndose víctima, cada uno sin percatarse de que las víctimas no usan armas.

Quería decirle que no he dejado de llorar en dos meses, quería decirle que me he refugiado en el alcohol y los desvelos, que me he aferrado a las risas de amigos para mentirme, aunque sea por momentos, y convencerme de que no estoy totalmente destruída, que ya no sé distinguir entre lo que le pertenece y lo que pertenece a mi alma, que hago un altar con sus recuerdos en mi memoria. Que he llegado a grados que no sabía que existían de dolor y, sólo pedí perdón y me retiré sin más palabras.

Hoy en este fuego cruzado de emociones, volvimos a morir.

La media sonrisa que faltó

Bren-wa

Media sonrisa dibujada a carbón, sobre el cemento frío que ahora es mi rostro, es lo único que me queda…
Han pasado casi dos meses, o por lo menos eso creo. Mi mente divaga en una ilusión, inducida por el sueño irreal en el que te sumerge el cansancio. Cansancio del constante miedo que me provoca no tenerte, como el miedo que tiene un recién nacido al no escuchar el corazón de su madre.

Sigo las líneas horizontales que me llevan hacia la nada, esa nada perdida detrás del sol, antes de las sombras jugando con la existencia, jinete que cabalga lejos del camino por el que ahora avanzo. ¿Qué más da ahora hacia dónde vaya?, ¿qué más da si me sigo moviendo?

Voy tocando el vacío como si fuera la estrella más grande del universo, aferrándome a él como la luz a un lucero, como se aferra a la vida un ser que cree que aún no ha acabado, sin darme cuenta que me aferro a estar perdida… porque desde hace dos meses nada tiene sentido.
Mis ojos se nublan entre las gamas de grises que dejaste rondando entre mi ser y la nada. Ya da igual esperanza que desolación, mi corazón late lento, mi respiración apenas se siente y mi alma está tan agitada… significa tan poco la paz como la destrucción, ¿qué más da ahora si el sol brilla o no?
Voy arrastrándome en este asfalto escarchado de egoísmo del mundo en el que decidiste vivir hace tiempo, ese que está sobre mí, en el que sí puedes encontrar la seguridad que ni en toda mi vida te hubiera dado, que no hubiera podido cumplir, ni viviendo, ni muriendo por ti.

Este asfalto congelado en desilusión, de tener que forzarme a olvidar tu mirada, de olvidar ese fulgor que tan fácil se arraigó en mí. Con las manos llenas de impotencia, estoy quebrando el hielo en busca de tus huellas, de tus pisadas, de alguna muestra que me indique que exististe, que alguna vez me amaste también, que no te soñé, pero ¿qué más da si exististe o no?, ya no existes más.

Dos meses de subsistir sin ti, de vivir en tu soledad, en el añejo dolor de tu ausencia que me embriaga hasta la última gota de sangre que late en mi corazón. No me mantengo en pie, voy tan al ras del piso que si te topas conmigo ni siquiera me podrías ver.

Voy queriéndote encontrar… en busca de ti y aferrándome a mi soledad. Huyendo de cualquier encuentro contigo, incluso en mi mente, los recuerdos son voces atormentantes y las palabras que dijimos, armas de dos filos que no dejan de herirme.

Busco motivos para sonreír en cada instante, algo que me haga olvidar que dentro de mí todo está fracturado, me aferro con las uñas a cada pretexto que detenga mi llanto.

Vientos de piedad arrastran mi súplica por revivir ese verano en que aún hacía calor, aquella rosa en ese viernes en el que aún no perdía la conciencia y que vivía de tu amor, de tu esperanza, de tu voz… pero ese verano no existe, sólo queda la lluvia que me pide que desista, que deje inmutado lo que no debe tocarse más.

Hace dos meses que me lo robaste, me lo robaste o te lo entregué. Ya no sé si soy alguien o soy un retazo de tu existencia culminada en un sueño que terminó un ayer, que se perdió en tus recuerdos.
Soy una memoria blanco y negro de una película para ti olvidada, marcaste mi vida, agrietaste mi alma, ahora solo sé estar sola.
No sé si amaré de nuevo, porque no puedo, porque tengo miedo. Algo dentro de mí quedó aturdido, porque cada promesa que hicimos retumba en mi pecho.

Formamos tantos lazos en cuatro años, no sé si exista tiempo suficiente para desvanecerlos todos. Escapaste por la ventana, te escondiste de lo que era nuestro, de lo que habíamos construido, me dejaste abandonada peleando una batalla de dos.

No hay retorno en el camino que elegimos, no hay vuelta atrás. Aún me parece imposible que no seas tú quien termine de dibujar conmigo esta historia.
Olvidé reír, ya no hay música, y perdí el color, ya no hay sueños, solo queda el miedo que me consume y la incógnita de si podré olvidarte.
Olvidé llorar y subsisto en tu dolor, en esta herida que me quema y que me hace despertar cada día para recordarme que eso que tanto quisimos se nos fue de las manos.
Olvidé creer, aunque todavía creo en ti, después de tu partida, mataría a cualquiera que desconfiara de ti, de tu mirada.
Alma, paz, paciencia, alas, luz, estrellas, vida, ilusión, alegría, te llevaste todo, me dejaste sólo un carbón que la lluvia mojó y ahora no puedo dibujar en el cemento la media sonrisa que faltó.

Sentada e insomne

La lluvia prometió que vendría y finalmente decidió no hacerlo. Me dejó esperando hasta las horas en que los gatos le huyen a la soledad de la noche.
Las estrellas dijeron que aparecerían y se quedaron perdidas entre la bruma y las nubes.
Tu alma, contra tu voluntad, prometió que me amaría.
Y sigo esperando sentada e insomne una lluvia tardía, estrellas ocultas y amores de media vida.

Invisible

Tengo la vista borrosa, cansada, dolida, nublada, perdida y opaca por un velo de lágrimas y, aún así puedo verte. Sería capaz de sacarme los ojos, si eso me asegurara que no tendré tu imagen de nuevo, pero, ¡maldita sea…!, te veo hasta en la oscuridad de mis adentros.

Odio cada parte de mi ser que está impregnada de ti, de tu forma de hablar, de tus gustos, de tus colores, de tu música, de tu manera de tomar el café, odio tu voz en mi cabeza que aún me cuenta historias.

Borraría cada recuerdo, la danza, el arte, mi nombre, mis sueños, si eso asegurara que te irás con ellos. No quiero tu olor, ni tu tacto, ni tus besos, quiero que seas invisible, quiero que te alejes por completo…

Sin ti


Lo que inició en amor, acabó en suspiros.
Me miraste a los ojos y dijiste: “ya no más”,
y la música paró y ya no supe bailar.
¿Fui yo quien rompió nuestra luna de cristal?

Se estrelló la nave aún antes de despegar.
Que triste es encontrarme sin ti en mi camino
Y ahora ¿cuál es el rumbo?
Tú estabas en el plan.
No sé cuál es el destino,
ya no sé a dónde viajar,
aún hay tantos planetas que quiero conquistar.

No aprendí a cantar y sin ti no aprenderé jamás.  

Soy un gato de azotea ya sin luna que mirar.
Queda una herida en mi alma
y el dolor de haberte perdido una noche de calma,
de interna tempestad.

En silencio te pedí que te quedaras,
no sé si lo debí gritar,
ya sin luna en mi cielo no sé si me podrías amar.

¿Seguiremos tomados de la mano, tristes y enamorados?

Ya no puedo volver al lugar donde solíamos gritar.
Te fuiste envuelto en melancolía y yo perdí por siempre la paz.
¿Volveremos a romper ventanas
o esta será siempre la historia que no supe terminar?

brebrebrenFotografía: Rafael Molina

Tristes y enamorados

La infancia se mezcla con la lluvia,
sobre tu cara de adulto.
Es fácil olvidar cómo se sentía sonreír desde adentro.

¿Recuerdas?
Yo corría como si estuviera a punto de despegar el vuelo,
fuimos juntos al espacio más de una vez
y caminamos por venus tomados de la mano.

¿Es un juego todavía todo este dolor?
Las cosas que se toman en serio terminan partiendo la ilusión.
Somos un par solamente jugando al amor.
Nos hemos perdido ambos entre suspiros desdibujados.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Tú destruías planetas antes de que dieran las tres,
yo pintaba de estrellas las calles que no quería ver.
Él esperaba por ella, ella flotaba hacia él.
Dime que seguimos jugando, dime que aún no son las tres.

¿Es un juego todavía todo este dolor,
entre tempestades y planetas rotos,
entre lágrimas y sollozos?
Nos hemos encontrado ambos.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Con calles llenas de gente que queremos ignorar,
bajo el sol que queremos esquivar,
en una vida que no sabemos llevar,
que no podemos dominar,
que de las manos se nos va.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

En el cajón de abajo a la derecha

Una luz amarilla aluza tenuemente la mirada perdida de un hombre que pareciera estar sin vida, sino fuera, porque en su pecho aún corre la sangre que mantiene los latidos de su corazón.

En una pequeña habitación oscura, llena de silencio, asfixiante, como una vieja caja que ha estado guardada en algún closet de una casa durante años. Olvidada, tanto ella como el contenido inútil que guarda.

Las manos del hombre se mueven frente a una vieja máquina de escribir, el sonido de las teclas va perdiendo sentido al igual que lo que escribe, sus dedos parecen funcionar en automático, mientras su ojos se clavan más allá de la hoja en la que se están marcando los trazos, como en busca de lo que alguna vez tuvo.

Alguien abre la puerta y una luz más fuerte inunda esa pequeña caja, sólo se distingue una silueta y una voz que dice que ya es hora de cerrar. Se retira y la puerta queda apenas emparejada y casi en susurro se percibe una conversación.

– Pobre hombre siento que perdió su vida aquí, se ve tan triste siempre.

– Dicen que perdió lo que más amaba y termino aquí.

Las palabras llegaron al hombre como hirientes filos de navaja, clavó los ojos en la pared frente suyo, y lentamente abandonó las teclas, mientras sus manos temblaban. De una u otra forma alguien había abierto la caja y había dejado salir todo los recuerdos que en ella se encerraban, todo aquello que alguna vez fue útil y ahora no lo es más.

Caminó hacia la lámpara y se sentó junto a ella, suspiro por un segundo con la última hoja escrita entre sus manos, sólo números alejados de todo calor humano llenaban la página, la aprisionó fuerte entre sus puños cerrados, tratando de aplastar su presente como lo hacía con esa hoja.

Él, que antes había podido llenar libros enteros de pasiones y fantasías, ahora sólo cubría libros de contabilidad con cifras. ¿Qué pasó? ¿dónde perdió ese destello que hacía brillar a todas las estrellas del universo?, ¿dónde había quedado ese don de guardarlas dentro de las pastas de un libro, para recrear a cuantas personas quisieran mirar dentro de ese espacio lleno de vida?, ¿cuántas mentes no se habían saciado con sus historias?, ¿cuántos no habían dejado de lado sus dolores, la pesadez de la vida, caminando calles inventadas por las teclas de esa máquina que ahora solo reconocía números?.

No había necesidad de preguntarlo, él lo sabía bien dónde había acabado todo, más claro que donde había empezado.

Él no recordaba cuándo fue la primera vez que su mente había disparado hacia el cielo una bengala de luces, para pintar un nuevo horizonte de un color que sólo él conocía, pero sabía perfectamente cómo había descubierto la colina que lo llevó al abismo en el que vive ahora.

Fue en un frió invierno que andando por el centro se encontró con una librería que atrajo su atención, y su vicio por la lectura lo llamó como una taberna a un borracho. Entre títulos y autores ya leídos y algunos otros desconocidos, se topó con uno que le inspiró a leerlo, “Leyes estéticas y misterios estéticos”, recuerda ese instante como el inicio del fin.
Lo tomó entre sus manos y lo llevó a su hogar, como aquel amigo que lleva a casa a su propio asesino, sin sospecharlo siquiera. Apenas prendió la lámpara y se internó en la lectura, entre normas y frases que lo desconcertaba, su personalidad difería de todo lo requerido para poder escribir.

Es falso, se decía, no me guiaré por esto para hacer lo que más amo. Con ese pensamiento aferrándose a su ser, terminó el libro.

Mientras en su corazón todo estaba seguro, en su mente una duda lo atacaba incesante “¿Y qué si es verdad?, ¿qué sino tengo lo que se necesita?”.

Pasaron meses y ésa pregunta no lo abandonaba, se aferró a él como un niño asustado al regazo de su madre. No dormía, casi no comía, respiraba por inercia, leía cada vez menos y no escribía por miedo a no hacerlo bien.

Con el tiempo el miedo creció, al punto de que decidió guardar su felicidad en una caja, con el fin de buscarla cuando fuera capaz de usarla de la mejor manera, tomó a todos sus amigos autores, su libreta de notas, el lápiz que siempre lo acompañaba y se despidió de ellos, sin decir nada, pero con una promesa en mente.

Buscó un empleo y el tiempo transcurrió, él jamás olvidó su promesa de abrir después esa caj, donde su felicidad existía, mientras la amarga cotidianidad de su vida sin razón, felicidad o gozo lo consumía, pero el tiempo hace estragos en la memoria y él olvidó dónde había guardado esa caja.

De pronto, por un impulso incontrolable, como un torbellino que no puede ser contenido,  se arrojó a la máquina de escribir. Sus manos se deslizaban como los de un pianista interpretando una melodía apasionada, sus ojos se encendían con cada estrella que él lograba dibujar en su horizonte, el furor se apoderaba de su cuerpo y su mente viajaba más rápido que nunca por la galaxia entera, años de represión liberados sobre papel. Toda la noche escribió y para él, el tiempo transcurrió tan rápido que parecieron sólo segundos, después de la agonía de una eternidad sin letras. Sus últimos grabados sobre el papel fueron:

“Escribo no para contentar a las reglas y a las formas, escribo porque me da vida”.

Era el fin del caos y el inicio del nuevo día, la caja había sido abierta.