Sentada e insomne

La lluvia prometió que vendría y finalmente decidió no hacerlo. Me dejó esperando hasta las horas en que los gatos le huyen a la soledad de la noche.
Las estrellas dijeron que aparecerían y se quedaron perdidas entre la bruma y las nubes.
Tu alma, contra tu voluntad, prometió que me amaría.
Y sigo esperando sentada e insomne una lluvia tardía, estrellas ocultas y amores de media vida.

Invisible

Tengo la vista borrosa, cansada, dolida, nublada, perdida y opaca por un velo de lágrimas y, aún así puedo verte. Sería capaz de sacarme los ojos, si eso me asegurara que no tendré tu imagen de nuevo, pero, ¡maldita sea…!, te veo hasta en la oscuridad de mis adentros.

Odio cada parte de mi ser que está impregnada de ti, de tu forma de hablar, de tus gustos, de tus colores, de tu música, de tu manera de tomar el café, odio tu voz en mi cabeza que aún me cuenta historias.

Borraría cada recuerdo, la danza, el arte, mi nombre, mis sueños, si eso asegurara que te irás con ellos. No quiero tu olor, ni tu tacto, ni tus besos, quiero que seas invisible, quiero que te alejes por completo…

Recuperando la Magia

Hoy por azares del destino me quedé sola, en ese café, que antes solía tener magia y me inspiraba a crear. Sin querer me encontré con tiempo para mí, justo enfrente de mi rostro, servido en esa taza de café medio vacía que quedó de una conversación entre amigos. Por un momento no pude verlo y tuve la intención de correr de nuevo a mis ocupaciones habituales, pero destelló y me hizo evidente su presencia. Pude percatarme de las voces lejanas de las personas que hablaban entre ellas pero que no me hablaban a mí, de la tranquilidad interna que empezó a embrigarme, de cómo los colores se volvían cada vez más dedicados a mí y cómo una sonrisa imperceptible se dibujaba en mi rostro.
Me levanté, a mi ritmo y no al de alguien más, y me invité a andar en aquellas calles que he deambulado tantas veces.
Me tomó algo de tiempo, no tener que justificar el caminar sin motivo, me decía mil pretextos, pero después de unos minutos lo dejé ir y comencé simplemente a caminar.

Esta ciudad me sabe tanto a ti, voy persiguiendo algún lugar que no tenga tu nombre, que no cargue tu recuerdo, realmente no sé si logré encontrarlo, han sabido acunarse en distintos recovecos y, al pasar es como si sobre ellos se proyectara una película de nuestras memorias… detonan universos de emociones, pero hoy no voy a llorar.
El sol de la tarde es el protagonista del cielo, sus rayos se filtran entre las ramas de los árboles, bañando algunas partes del suelo; me gusta ver mis pies pasar de las sombras a la luz mientras se me escapa el tiempo.
Con el permiso de esta tarde que me perteneces solo a mi, me topo momentos mágicos en la ciudad que siempre te ha parecido fea. En estas calles por las que no querías caminar, las casas a las que rara vez prestabas atención y la gente que está inmersa en su vida. Me cuentan cuentos de momentos para olvidar.
Y conforme el reloj avanza caminamos tranquilos y en silencio, la sombra de tu presencia que aún me acompaña y yo, dándole una tregua al pensamiento, al dolor, a los miedos, a tu voz. Recorriendo paso a paso este adiós, en el lugar que todo comenzó.  

Mi mente divaga de pronto y por corto tiempo te dejo de lado e imagino ¿qué sería vivir en esas casas? Me veo saliendo de alguna de ellas y corriendo al trabajo, llegando al caer el sol, mirando por la ventana mientras escucho música y mi gato se acurruca en mis pies. Me invento los nombres de los vecinos y su plática sobre “lo difícil que es encontrar estacionamiento y cómo la ciudad ya no es la misma que hace quince años”. Puedo incluso suponer el olor de las mañanas y los sonidos nocturnos, mi anticipación por la llegada de la primavera para ver florecer las jacarandas y mi alegría al descubrir todos los días la calle bañada de lila por sus flores al caer.
Pienso en cuántas veces saldría para seguirme sorprendiendo con el contraste a la vuelta de cada esquina, entre una avenida llena de personas, los callejones perdidos y solitarios que parecen existir en un momento congelado en el pasado.
Me escapo a un mundo que no existe con el pretexto de cada cosa que veo. No hay prisa, ni destino, puedo perder mi vista en todo y dibujar historias detrás de cada puerta mientras el sol se mueve en el cielo y las sombras cambian en el piso.
Puedo, si me concentro, sentir los latidos en cada parte de mi cuerpo, un pulso tranquilo y calmado que hace mucho no sentía; me hace sentir viva, de una manera muy diferente. Voy redescubriendo en mí un personaje ya conocido que quizás había olvidado.

Mis pensamientos fluctúan entre prosa y verso, en el pasado, el presente y lo incierto.
Las luces de las casas y los faros se van encendiendo al ritmo de la melodía que tomó por asalto mi cabeza horas atrás, se me eriza la piel.
Mis pasos me regresaron al caer la noche al mismo café, para ver la vela encendida y el florero de cristal sobre la mesa que tanto me gustaba ver, la nostalgia a veces duele y otras reconforta. Busqué mi pluma, para hacer justicia a los viejos tiempos y garabatear cada recuerdo de este día en una servilleta de papel.
¿Te conté que solía venir aquí antes de conocerte? Solía pensar que este lugar tenía magia, al parecer la está recuperando otra vez.

El día que se apagó el universo

Después de hoy se apagó el universo. Ya no hay sueños en el espacio bañados de luz ni estrellas con nuestros nombres. Sólo queda el vacío y el gélido silencio, y la duda palpitante y eterna de si algún día algo volverá a brillar.

Al encontrarnos nos perdimos a nosotros mismos.
Tú jamás fuiste poesía en mis manos, yo nunca pude ser música en tus dedos, pero aún así el amor vivía, intenso y poderoso, tan grande que sacudía de un sólo suspiro a la conciencia y a la razón.

Todo comenzó entre sonrisas, casualidades y búsqueda de sueños personales, que no tenían intención de ser nada más. Pero nos tomamos de la mano por primera vez y no quisimos volver a soltarnos, sin embargo lo hicimos. ¿Recuerdas cuándo?, ¿recuerdas por qué?

Lo nuestro fue tormenta, fue vorágine, fue calma y pausas. De esas emociones que contorsionan el mundo, que reinventan el sentido, que rompen el pasado y la naturaleza del todo.

Vimos nuestros sueños caerse a pedazos y nos inventamos nuevos para construir, juntos éramos todo…, por lo menos para mí era así. No necesitaba conquistar el mundo, ni tocar la luna, ni nada más que no fuéramos tú y yo.

Habría podido vivir en tus ojos, si ellos no se hubiesen cerrado para mí.

La oscuridad te inundó y no pude navegar ese mar negro en que te convertiste. Grité tu nombre tantas veces en busca de ti, pero no pude encontrarte, solamente había tenues respuestas que no me llevaban de nuevo a tu lado. ¿Estabas aún ahí?, ¿querías ser encontrado? Me faltó fuerza, me faltó calma, me faltó fe, me faltaste tú…

Dicen que hay personas que llegan a cambiarte la vida, a transformarte por dentro, a echar raíces en el alma, a quedarse por siempre, aún cuando se van, aunque te desean la muerte.
Apagaste las luces y se apagó el universo entero… todo terminó en llanto.

Sin ti


Lo que inició en amor, acabó en suspiros.
Me miraste a los ojos y dijiste: “ya no más”,
y la música paró y ya no supe bailar.
¿Fui yo quien rompió nuestra luna de cristal?

Se estrelló la nave aún antes de despegar.
Que triste es encontrarme sin ti en mi camino
Y ahora ¿cuál es el rumbo?
Tú estabas en el plan.
No sé cuál es el destino,
ya no sé a dónde viajar,
aún hay tantos planetas que quiero conquistar.

No aprendí a cantar y sin ti no aprenderé jamás.  

Soy un gato de azotea ya sin luna que mirar.
Queda una herida en mi alma
y el dolor de haberte perdido una noche de calma,
de interna tempestad.

En silencio te pedí que te quedaras,
no sé si lo debí gritar,
ya sin luna en mi cielo no sé si me podrías amar.

¿Seguiremos tomados de la mano, tristes y enamorados?

Ya no puedo volver al lugar donde solíamos gritar.
Te fuiste envuelto en melancolía y yo perdí por siempre la paz.
¿Volveremos a romper ventanas
o esta será siempre la historia que no supe terminar?

brebrebrenFotografía: Rafael Molina

Tristes y enamorados

La infancia se mezcla con la lluvia,
sobre tu cara de adulto.
Es fácil olvidar cómo se sentía sonreír desde adentro.

¿Recuerdas?
Yo corría como si estuviera a punto de despegar el vuelo,
fuimos juntos al espacio más de una vez
y caminamos por venus tomados de la mano.

¿Es un juego todavía todo este dolor?
Las cosas que se toman en serio terminan partiendo la ilusión.
Somos un par solamente jugando al amor.
Nos hemos perdido ambos entre suspiros desdibujados.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Tú destruías planetas antes de que dieran las tres,
yo pintaba de estrellas las calles que no quería ver.
Él esperaba por ella, ella flotaba hacia él.
Dime que seguimos jugando, dime que aún no son las tres.

¿Es un juego todavía todo este dolor,
entre tempestades y planetas rotos,
entre lágrimas y sollozos?
Nos hemos encontrado ambos.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

Con calles llenas de gente que queremos ignorar,
bajo el sol que queremos esquivar,
en una vida que no sabemos llevar,
que no podemos dominar,
que de las manos se nos va.
Hemos llorado juntos tomados de la mano
tristes y enamorados.

En el cajón de abajo a la derecha

Una luz amarilla aluza tenuemente la mirada perdida de un hombre que pareciera estar sin vida, sino fuera, porque en su pecho aún corre la sangre que mantiene los latidos de su corazón.

En una pequeña habitación oscura, llena de silencio, asfixiante, como una vieja caja que ha estado guardada en algún closet de una casa durante años. Olvidada, tanto ella como el contenido inútil que guarda.

Las manos del hombre se mueven frente a una vieja máquina de escribir, el sonido de las teclas va perdiendo sentido al igual que lo que escribe, sus dedos parecen funcionar en automático, mientras su ojos se clavan más allá de la hoja en la que se están marcando los trazos, como en busca de lo que alguna vez tuvo.

Alguien abre la puerta y una luz más fuerte inunda esa pequeña caja, sólo se distingue una silueta y una voz que dice que ya es hora de cerrar. Se retira y la puerta queda apenas emparejada y casi en susurro se percibe una conversación.

– Pobre hombre siento que perdió su vida aquí, se ve tan triste siempre.

– Dicen que perdió lo que más amaba y termino aquí.

Las palabras llegaron al hombre como hirientes filos de navaja, clavó los ojos en la pared frente suyo, y lentamente abandonó las teclas, mientras sus manos temblaban. De una u otra forma alguien había abierto la caja y había dejado salir todo los recuerdos que en ella se encerraban, todo aquello que alguna vez fue útil y ahora no lo es más.

Caminó hacia la lámpara y se sentó junto a ella, suspiro por un segundo con la última hoja escrita entre sus manos, sólo números alejados de todo calor humano llenaban la página, la aprisionó fuerte entre sus puños cerrados, tratando de aplastar su presente como lo hacía con esa hoja.

Él, que antes había podido llenar libros enteros de pasiones y fantasías, ahora sólo cubría libros de contabilidad con cifras. ¿Qué pasó? ¿dónde perdió ese destello que hacía brillar a todas las estrellas del universo?, ¿dónde había quedado ese don de guardarlas dentro de las pastas de un libro, para recrear a cuantas personas quisieran mirar dentro de ese espacio lleno de vida?, ¿cuántas mentes no se habían saciado con sus historias?, ¿cuántos no habían dejado de lado sus dolores, la pesadez de la vida, caminando calles inventadas por las teclas de esa máquina que ahora solo reconocía números?.

No había necesidad de preguntarlo, él lo sabía bien dónde había acabado todo, más claro que donde había empezado.

Él no recordaba cuándo fue la primera vez que su mente había disparado hacia el cielo una bengala de luces, para pintar un nuevo horizonte de un color que sólo él conocía, pero sabía perfectamente cómo había descubierto la colina que lo llevó al abismo en el que vive ahora.

Fue en un frió invierno que andando por el centro se encontró con una librería que atrajo su atención, y su vicio por la lectura lo llamó como una taberna a un borracho. Entre títulos y autores ya leídos y algunos otros desconocidos, se topó con uno que le inspiró a leerlo, “Leyes estéticas y misterios estéticos”, recuerda ese instante como el inicio del fin.
Lo tomó entre sus manos y lo llevó a su hogar, como aquel amigo que lleva a casa a su propio asesino, sin sospecharlo siquiera. Apenas prendió la lámpara y se internó en la lectura, entre normas y frases que lo desconcertaba, su personalidad difería de todo lo requerido para poder escribir.

Es falso, se decía, no me guiaré por esto para hacer lo que más amo. Con ese pensamiento aferrándose a su ser, terminó el libro.

Mientras en su corazón todo estaba seguro, en su mente una duda lo atacaba incesante “¿Y qué si es verdad?, ¿qué sino tengo lo que se necesita?”.

Pasaron meses y ésa pregunta no lo abandonaba, se aferró a él como un niño asustado al regazo de su madre. No dormía, casi no comía, respiraba por inercia, leía cada vez menos y no escribía por miedo a no hacerlo bien.

Con el tiempo el miedo creció, al punto de que decidió guardar su felicidad en una caja, con el fin de buscarla cuando fuera capaz de usarla de la mejor manera, tomó a todos sus amigos autores, su libreta de notas, el lápiz que siempre lo acompañaba y se despidió de ellos, sin decir nada, pero con una promesa en mente.

Buscó un empleo y el tiempo transcurrió, él jamás olvidó su promesa de abrir después esa caj, donde su felicidad existía, mientras la amarga cotidianidad de su vida sin razón, felicidad o gozo lo consumía, pero el tiempo hace estragos en la memoria y él olvidó dónde había guardado esa caja.

De pronto, por un impulso incontrolable, como un torbellino que no puede ser contenido,  se arrojó a la máquina de escribir. Sus manos se deslizaban como los de un pianista interpretando una melodía apasionada, sus ojos se encendían con cada estrella que él lograba dibujar en su horizonte, el furor se apoderaba de su cuerpo y su mente viajaba más rápido que nunca por la galaxia entera, años de represión liberados sobre papel. Toda la noche escribió y para él, el tiempo transcurrió tan rápido que parecieron sólo segundos, después de la agonía de una eternidad sin letras. Sus últimos grabados sobre el papel fueron:

“Escribo no para contentar a las reglas y a las formas, escribo porque me da vida”.

Era el fin del caos y el inicio del nuevo día, la caja había sido abierta.